¿Qué es discriminar?
Discriminar es juzgar al otro; separar injutamente, ya que todos somos iguales. El color de piel, el idioma, el sexo, la situación social, NO HACE AL SER HUMANO. Es un hecho desagradable que, lamentablemente, la gran mayoría de las personas comete. "No hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti"
¡¡¡Bienvenidos!!!
Nosotros, alumnos del Instituto Técnico San Cayetano organizamos este Blog, a partir de propuestas que surgieron en el aula en Construcción de la Ciudadanía.
Este Proyecto se ha iniciado en el año 2008 y continuado en el 2009 y 2010. Y ahora en el 2013 por los alumnos de 2* año de la Escuela Secundaria, siguiendo las huellas de los que nos precedieron en este emprendimiento.
Este año llevamos la iniciativa: Melany, Sofía, Celina, Camila, Sol, Carina, Agustín, Lautaro, Gabriel, Federico B., Juan, Federico C., Jonathan, Taiel, Lucas, Esteban, facundo, Erick, nahuel, Ariel, Santiago, Franco, Rodrigo, Gabriel y el profe Jorge.
Dentro del mismo encontrarán: fotos, testimonios, hechos históricos, noticias, consejos, puntos de vista, encuestas, videos, músicas, frases, etc. sobre este tema que tanto nos preocupa e interesa.
Esperamos que ustedes lo disfruten al igual que nosotros y esperamos sus opiniones.
lunes, 25 de noviembre de 2013
Somos Iguales
jueves, 11 de junio de 2009
Cuento: Patito Feo
En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían empollado la mamá Pata, empezaban a romperse, uno a uno. Los patitos fueron saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a los papás y a sus amigos. Estaban tan contentos que casi no se dieron cuenta de que un huevo, el más grande de todos, aún permanecía intacto.
Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver cuando se rompería. Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse, y luego se pudo ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato.
Era el más grande, y para sorpresa de todos, muy distinto de los demás.. Y cómo era diferente, todos empezaron a llamarle de Patito Feo.
La mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo, le apartó con el ala mientras daba atención a los otros patitos. El patito feo empezó a darse cuenta de que allí no le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún más feo, y tenía que soportar las burlas de todos.
Entonces, en la mañana siguiente, muy temprano, el patito decidió irse de la granja. Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de comer y beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Pero, al cabo de algunos días, él se dio cuenta de que la vieja era mala y sólo quería engordarle para transformarlo en un segundo plato.
El patito salió corriendo como pudo de allí. El invierno había llegado. Y con el, el frío, el hambre, y la persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy mal. Pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días pasaron a ser mas calurosos y llenos de colores. Y el patito empezó a animarse otra vez.
Un día, al pasar por un estanque, vio las aves más hermosas que jamás había visto. Eran elegantes, delicadas, y se movían como verdaderas bailarinas, por el agua. El patito, aún acomplejado por la figura y la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le preguntó si podía bañarse también en el estanque. Y uno de los cisnes le contestó:
- Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.
Y le dijo el patito:
- ¿Cómo que soy uno de los vuestros? Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros.
Y ellos le dijeron:
- Entonces, mira tú reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.
El patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido y se transformado en un precioso cisne! Y en este momento, él supo que jamás había sido feo. Él no era un pato sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió feliz para siempre.
Adaptación: Nahuel
martes, 26 de mayo de 2009
Cuento: En el mundo de los números
Cuando veintitrés pasó a su lado, dieciocho no tuvo más remedio que saludarlo y sonreir. No había caso con los impares, uno siempre termina encontrándose con ellos de una u otra forma. Estaba molesto con la complacencia mostrada hacia su par (¿o se dirá impar de todas formas?) pero no tenía posibilidad de actuar de otro modo. Además, veintitrés no sólo era un impar, sino que también estaba en la categoría de “número primo”. Era un rechazado entre los rechazados.
Para dieciocho, las directrices sobre la discriminación entre números eran bien claras y tenía plena conciencia de lo que le ocurriría si era sorprendido en acciones consideradas racistas o sexistas: sería condenado a ser una “x” en demasiados ejercicios de ecuaciones de adolescentes y en más de alguna ocasión le tocaría ser “despejado” como aquel mismo número al que había evitado. No se podía confiar en la calidad de la educación actual.
Sonrío con parsimonia y siguió su camino. Atrás arrastraba con orgullo ciertos unos y dos y tres y seis y nueves y hasta otro dieciocho que le permitiría dividirse si era necesario (se cuenta que hubo un tiempo que trató de arrastrar consigo un treinta y seis en caso de encontrarse con alguna molesta multiplicación pequeña, pero la personalidad de éste era demasiado arrebatadora para soportarlo durante más de algunos minutos). Sus pobres arrastrados no hacían una cola muy larga, pero era suficiente para dejar boquiabierto al veintitrés. Al menos el dieciocho se percataba de ello y le ayudaba a mantener la sonrisa.
“Pobrecito” pensaron ambos guardando las composturas.
lunes, 27 de octubre de 2008
Cuento: El quirquincho músico
Aquel quirquincho viejo, nacido en un arenal de Oruro, acostumbraba pasarse horas de horas echado junto a una grieta de la peña donde el viento cantaba eternamente. El animalito tenía una afición musical innegable. ¡Cómo se deleitaba cuando oía cantar a las ranas en las noches de lluvia! Los pequeños ojos se le ponían húmedos de emoción y se acercaba, arrastrando su caparazón, hasta el charco, donde las verdes cantantes ofrecían su concierto.
-¡Oh, si yo pudiera cantar así, sería el animal más feliz del altiplano! - exclamaba el quirquincho, mientras las escuchaba extasiado.
Las ranas no se conmovían por la devota admiración que les tenía el quirquincho sino que, más bien, se burlaban de él.
-Aunque nos vengas a escuchar todas las noches hasta el fin de tu vida, jamás aprenderás nuestro canto, porque eres muy tonto.
El pobre quirquincho, que era humilde y resignado, no se ofendía por tales palabras. El sólo se deleitaba con la armonía de la voz y no comprendía el insulto que ella encerraba.
Un día creyó enloquecer de alegría, cuando unos canarios pasaron cantando en una jaula que conducía un hombre. ¡Qué deliciosos sonidos! Sin que el jaulero se diera cuenta, lo siguió, arrastrándose por la arena, durante leguas y leguas.
Las ranas que habían escuchado, embelesadas, el canto, salieron a orilla de la laguna y vieron pasar a los divinos prisioneros que revoloteaban en las jaulas.
-Estos cantores son de nuestra familia, pues los canarios son sólo sapos con alas -dijeron las muy vanidosas y agregaron- : Pero nosotras cantamos mucho mejor. -Y reanudaron su concierto interrumpido.
-¡Chist... Esperen! -dijo una de ellas-. Miren al tonto del quirquincho. Se va tras las jaulas. Ahora pensará aprender a trinar como un canario... ja... ja... ja...
El quirquincho siguió corriendo y corriendo tras el hombre de las jaulas, hasta que las patitas se le iban acabando, de tanto rasparlas en la arena.
-Qué desgracia! ¡No puedo caminar más y los músicos se van! Allí se quedó Ya era de noche cuando regresaba a su casa. Y al pasar cerca de la choza de Sebastián Mamani, el hechicero, tuvo la idea de visitarlo, para hacerle un extraño pedido.
-Compadre, tú que todo lo puedes, enséñame a cantar como los canarios -le dijo llorando.
-Yo puedo enseñarte a cantar mejor que los canarios, que las ranas y que los grillos, pero tienes que pagar la enseñanza... con tu vida.
-Acepto todo, pero enséñame a cantar.
-Convenido. Cantarás desde mañana, pero esta noche perderás la vida.
-¡Cómo!... ¿Cantaré después de muerto?
-Así es.
Al día siguiente, el quirquincho amaneció cantando, con voz maravillosa, en las manos del mago. Cuando éste pasaba, poco más tarde, por el charco de las ranas, se quedaron mudas de asombro.
-¡Vengan todas! ¡Qué milagro! ¡El quirquincho aprendió a cantar!...
-¡Canta mejor que nosotras!...
-¡Y mejor que los pájaros!...
-¡Y mejor que los grillos!...
-¡Es el mejor del mundo!...
Y, muertas de envidia, siguieron a saltos tras del quirquincho que, convertido en charango se desgranaba en sonidos musicales. Lo que ellas ignoraban era que nuestro pobre amigo, como todo gran artista, había dado la vida por poder cantar.
viernes, 10 de octubre de 2008
Cuento: La ostra marina

Era una ostra marina. No era un caracol.
Marina era un bicho de profundidad y como todas las de su raza, había buscado la roca del fondo para agarrarse firmemente a ella. Una vez que lo consiguió, creyó haber dado en el destino claro que le permitiría vivir sin contratiempos su ser de ostra. Pero el Señor había puesto su mirada en Marina. Y todo lo que en su vida sucedería, tendría como gran responsable al mismo Señor Dios. Porque el Señor Dios en su misterioso plan para ella, había decidido que marina fuera valiosa. Ella simplemente había deseado ser feliz. Y un día el Señor Dios coloco a Marina su granito de arena. Literalmente: un granito de arena.
Fue durante una tormenta de profundidad. De esas que casi no provocan oleaje de superficie, pero que remueven el fondo de los océanos. Cuando el granito de arena entro en su existencia, Marina cerró violentamente. Así lo hacia siempre que algo entraba en su vida. Porque es la manera de alimentarse que tienen las ostras. Todo lo que entra en su vida es atrapado, es integrado y asimilado. Si esto no es posible, se expulsa hacia el exterior el objeto extraño. Pero con el granito de arena,
Ahí comenzó el drama de Marina. Lo que Dios le había mandado pertenecía a aquellas realidades que no se dejan integrar, y que tampoco se pueden suprimir. El granito de arena era indigeridle e inexpulsable.
Y cuando trato de olvidarlo, tampoco lo pudo. Porque las realidades dolorosas que Dios envía son imposibles olvidar o de ignorar. Frente a esta situación, se hubiera pensado que Marina no le quedaba mas que un camino: luchar contra su dolor, rodeándolo con el pus de su amargura, generando un tumor que terminaría por explotarle envenenando su vida y la de todos la que la rodeaban. Pero en su vida había una hermosa cualidad. Era capaz de producir sustancias sólidas. Normalmente las ostras dedican esta cualidad a su tarea de fabricarse un caparazón defensivo, rugoso por fuera y terso por dentro. Pero también pueden dedicarlo a la construcción de una perla. Y eso fue lo que realizo Marina. Poco a poco, y con lo mejor de si misma, fue rodeando el granito de arena del dolor que Dios le había mandado, y a su alrededor comenzó a nuclear una hermosa perla. Me han comentado que normalmente las ostras no tienen perlas. Que estas son producidas solo por aquellas que se deciden a rodear, con lo mejor de si mismas el dolor de un cuerpo extraño que las ha herido.
Muchos años después de la muerte de Marina, unos buzos bajaron hasta el fondo del mar. Cuando la sacaron a la superficie se encontró en ella una hermosa perla que al verla brillar con todos los colores del cielo y del mar, nadie pregunto si Marina había sido feliz. Simplemente supieron que había sido valiosa.
¿Que has hecho con ese granito de arena que Dios ha puesto en tu vida y que hoy tienes la oportunidad de convertirlo en una perla?
martes, 7 de octubre de 2008
Cuento: El anillo
Hace mas de 3.000 años, en una pequeña aldea, un joven se presento a su maestro y le dijo : «Vengo porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? Ya ni siquiera se quien soy yo». Sin mirarlo, el maestro le dijo que en esos momentos tenia un grave problema y que no estaba para esas cosas; le explico que necesitaba dinero urgentemente y le propuso que si le ayudaba, estaría en breve a su disposición. El joven acepto sin pensarlo. El maestro se saco el anillo que llevaba puesto y le dijo al muchacho: «Ve, toma mi caballo y llégate al mercado. Alí vende este anillo, pero no aceptes menos de una moneda de oro». Después de mucho andar y de ver a muchos mercaderes que solo le ofrecieron monedas de latón y alguna que otra baratija, el joven volvió abatido y con la amarga sensación de haber fracasado.
Al llegar, le dijo al maestro con profundo pesar que no se podía engañar a nadie con el valor del anillo. El maestro sonrió satisfecho al oír esta frase, así que le sugirió que para averiguar el verdadero valor fuera al joyero. Le dijo también que no lo vendiera, solo que averiguara su valor.
Al cabo de unas horas, llego corriendo el joven con la noticia de que podían darle 58 monedas de oro por el anillo. Emocionado le explico al maestro la nueva, y este, después de escucharle pacientemente, le dijo : «Ahora siéntate y préstame toda la atención que puedas. La lección que debes aprender es que tu también eres una joya valiosa y única. Y como tal, solo puedes ser valorado por un experto que conozca bien de lo que habla. Y ese experto solo puedes ser tú». Después de decir esto, volvió a ponerse el anillo y siguió su camino.
martes, 30 de septiembre de 2008
Cuento: Las ranas pidiendo rey
Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les enviara un rey.
Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a su charca.
Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer, se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.
Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.
Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.
MORALEJA
Esopo
viernes, 19 de septiembre de 2008
Cuento: El sabio y el rey
Un Rey soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.
- ¡Qué desgracia mi señor! - exclamó el Sabio - Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra majestad.
-¡Qué insolencia! - gritó el Rey enfurecido - ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!
Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Rey con atención, le dijo:
- ¡Excelso señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.
Se iluminó el semblante del Rey con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro.
Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:
- ¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
- Recuerda bien amigo mío - respondió el segundo Sabio - que todo depende de la forma en el decir... uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse.
De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas.
La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.




